jueves, 7 de abril de 2016

SEGUNDA SEMANA DEL MARATÓN



CAPÍTULO I  (2ª PARTE)



De las visitas que recibió don Quijote y la preparación de la tercera salida


          Cuenta Cide Hamete Benengeli
en la segunda parte de esta historia que el cura y el barbero estuvieron casi un mes sin ver a don Quijote por no traerle a la memoria las cosas pasadas, pero no dejaron de visitar al ama y a la sobrina para encargarles que lo cuidaran y le dieran de comer cosas apropiadas para el corazón y el cerebro. Y cuando se enteraron de que iba dando muestras de estar en su entero juicio, decidieron al fin ir a visitarlo y comprobar su mejoría. Pero antes acordaron no tocarle en ningún punto de la andante caballería, para no descoser la herida, que tan tierna estaba.


El cura y el barbero encontraron a don Quijote sentado en la cama, vestido con una almilla de bayeta verde y un bonete colorado, y tan seco y amojamado, como carne de momia. Él los recibió muy bien, y cuando le preguntaron por su salud, respondió con mucho juicio y con muy elegantes palabras. Luego los tres conversaron sobre los modos de gobierno, y don Quijote habló con tanta discreción que los dos examinadores creyeron sin ninguna duda que estaba en su entero juicio. Se hallaban presentes durante esta plática la sobrina y el ama, que no se hartaban de dar gracias a Dios de ver a su señor con tan buen entendimiento. Pero para comprobar si la sanidad de don Quijote era verdadera o falsa, el cura contó que el Turco se había hecho a la mar con una poderosa armada y se dirigía a no se sabía dónde, y que toda la cristiandad estaba con gran temor.  (Es decir, los barcos de guerra del imperio turco estaban recorriendo el Mediterráneo.)


—¡Ay! —dijo la sobrina—. ¡Que me maten si no quiere mi señor volver a ser caballero andante! A lo cual replicó don Quijote: —Caballero andante he de morir. Y lo repito: Dios me entiende. Y, en la larga plática que siguió, nuestro hidalgo elogió aquellas edades de oro en que los caballeros andantes campeaban por el mundo, batallando por la defensa de los reinos y el amparo de las doncellas. —Pero ahora triunfan la pereza, la ociosidad y el vicio —añadió—. En esta depravada edad nuestra ya no hay caballeros de intrépido corazón. ¿Dónde están Amadís, Tirante el Blanco o el bravo Rodamante? Caballeros como ellos hacen falta para parar al Turco, y no seré yo quien se quede en casa.

En esto se oyeron grandes voces en el patio. Eran del ama y de la sobrina, que impedían a Sancho Panza la entrada en la casa. —¿Qué buscas aquí, perdido? Vete a tu casa, que tú eres el que desquicia a mi señor y lo lleva por esos andurriales. —Ama de Satanás —respondió Sancho—, fue tu amo el que me llevó por el mundo con la promesa de darme una ínsula. —Malas ínsulas te ahoguen, Sancho maldito —dijo la sobrina—. ¿Y qué son ínsulas? ¿Alguna cosa de comer, golosazo, que eres un comilón? —No es de comer —replicó Sancho—, sino de gobernar. —Es igual —dijo el ama—, porque aquí no entras, saco de maldades.

El cura y el barbero oyeron divertidos el coloquio de los tres hasta que don Quijote mandó que dejasen entrar a su escudero. Entró Sancho, y entonces el cura y el barbero se despidieron de don Quijote, desalentados después de comprobar con cuánta facilidad daba en desvaríos. Don Quijote se encerró con Sancho en su aposento y le dijo: —Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho que fui yo el que te saqué de tus casillas, porque juntos salimos de casa y juntos peregrinamos; la fortuna ha sido la misma para los dos, solo que, si a ti te mantearon una vez, a mí me han molido ciento. —Eso era justo —respondió Sancho—, porque las desgracias son más propias de los caballeros andantes que de los escuderos. —Te engañas, Sancho, porque todo el mal que a ti te hacen me duele a mí en el cuerpo. —Pues cuando a mí me manteaban



se estaba mi señor detrás de la tapia, mirándome volar por los aires, sin sentir dolor alguno… —¿Acaso crees que no me dolió cuando te manteaban? Ni lo digas ni lo pienses, porque más dolor sentía yo entonces en mi espí­ritu que tú en tu cuerpo. Pero dejemos esto y dime, Sancho amigo, ¿qué dice la gente de mi valentía y de mis hazañas? Habla libremente y sin rodeo. —Pues la gente tiene a vuestra merced por grandísimo loco, y a mí por mentecato. —Siempre se ha calumniado a los buenos… ¿Hay algo más? —Aún falta lo peor. Anoche llegó de Salamanca hecho bachiller Sansón Carrasco y me dijo que la historia de vuestra merced andaba ya en libros con el título de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha; y que me mencionan por mi nombre, y a la señora Dulcinea del Toboso, y otras cosas que pasamos los dos a solas. Me hago cruces cómo las llegó a saber el historiador que las escribió. —Debe de ser algún sabio encantador. —Según dice el bachiller Sansón Carrasco, el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena.
—Ese nombre es de moro —respondió don Quijote—. “Cide”, en arábigo, quiere decir ‘señor’. —Así será —respondió Sancho—, porque he oído decir que los moros son amigos de berenjenas. Si quiere, iré en volandas a buscar al bachiller para que le informe de todo. —Será un placer recibirle, amigo Sancho. 


Muy pensativo quedó don Quijote mientras esperaba la llegada del bachiller Carrasco, porque no podía entender que ya anduvieran impresas sus altas caballerías cuando aún no estaba seca en la cuchilla de su espada la sangre de los enemigos que había muerto. Le desconsoló pensar que el autor era moro, porque de los moros no se podía esperar verdad alguna, pues todos son mentirosos e inventores de falsedades, y temía que hubiese tratado sus amores con alguna indecencia que perjudicase la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso.

Y así, dándole vueltas a estas y otras imaginaciones, lo hallaron Sancho y Carrasco, a quien don Quijote recibió con mucha cortesía. Aunque se llamaba Sansón, el bachiller no era muy grande de cuerpo; tendría unos veinticuatro años, y era de color macilento, carirredondo, de nariz chata y de boca grande, señales todas de ser malicioso y amigo de burlas, como lo demostró poniéndose de rodillas ante don Quijote. —¡Señor don Quijote de la Mancha, vuestra merced es uno de los más famosos caballeros andantes que ha habido en toda la redondez de la tierra! Le hizo levantar don Quijote y dijo: —¿Es verdad que hay una historia mía escrita por un sabio moro? —Es tan verdad, señor —respondió Sansón—, que están impresos más de doce mil libros en Portugal, Barcelona, Valencia y Amberes. Y creo que no habrá nación ni lengua donde no se traduzca. 

—Dígame, señor bachiller —dijo a esta sazón Sancho—, ¿está en el libro la aventura de los yangüeses? —No olvidó nada el sabio autor —respondió Sansón—. Todo lo dice, hasta las cabriolas que el buen Sancho hizo en la manta. —Las cabriolas no las hice en la manta, sino en el aire. —Con todo —añadió el bachiller—, dicen algunos que el autor debía haber ocultado los infinitos palos que recibió el señor don Quijote. —Así es —dijo don Quijote—. Podían haberlos callado, porque no se debe escribir las acciones que no alteran la verdad de una historia. —Pero una cosa es escribir como poeta —replicó Sansón—, y otra como historiador. El historiador ha de escribir las cosas como fueron, sin añadir ni quitar nada a la verdad. —Pues entonces —dijo Sancho—, el moro habrá metido entre los palos de mi señor los que yo recibí, que aún los siento en las costillas. —Callad —dijo don Quijote—, y no interrumpáis al señor bachiller.—El caso es que la historia de don Quijote —continuó Sansón— es sabida por todo género de gentes, que los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran. Claro que algunos han acusado al autor de olvidar ciertos sucesos, pues no cuenta qué hizo Sancho con los cien escudos que halló en Sierra Morena dentro de la maleta. —Yo me voy, señor Sansón, que necesito dos tragos de vino añejo porque tengo el estómago desfallecido.


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