jueves, 19 de abril de 2012

ENTREGA DE PREMIOS DEL BUSCALIBROS Y EL MARATÓN DE LECTURA EN CÓRDOBA

     Un grupo de alumnos de nuestro Instituto, viajaron el miércoles 18 de abril, al IES "Medina Azahara" de Córdoba para recoger los premios y los certificados correspondientes a los concursos Maratón de Lectura y Buscalibros 2012, organizado por el grupo ALAULA, que forman profesores de varios institutos de Córdoba.  
    La alumna de 3º A, Sandra Criado Jaenes, quedó en octava posición en el concurso Maratón de Lectura y Carmen Mª Peinado, Belén Navarro, Miguel Galán, Mª Carmen Gordillo y Rafa García, recibieron su diploma por haber quedado entre los treinta primeros clasificados del Buscalibros 2012, en el que partiparon 264 alumnos de Córdoba, Jaén y Granada.
   Queremos agradecer la presencia de las madres Marina Pulido y Mercedes Jaenes que quisieron acompañarnos a Córdoba.










viernes, 13 de abril de 2012

VIAJE A ALMAGRO

    
     El alumnado de 3º ESO junto con algunos compañeros de 2º y de 1º, viajó el pasado viernes día 13 de abril a Almagro para asistir a la representación de una adaptación de La Celestina de Fernando de Rojas en el Corral de Comedias de dicha localidad. Después visitaron el Museo del Teatro de Almagro y recorrieron la ciudad.


     Estuvieron acompañados por Sara Cledera (profesora de Inglés) y por Juana González y Mª José Campos (profesoras de Lengua)




domingo, 1 de abril de 2012

CURSO 2011-2012

Bienvenidos al "2º Maratón de Lectura"

I.E.S. "NUESTRA SEÑORA DE LA ESTRELLA"

 

  organizado por

LA BIBLIOTECA DEL IES “Virgen de la Estrella”


Volvemos a poner en marcha este concurso, que tendrá la misma dinámica del curso anterior: habrá que leer sólo y exclusivamente relatos, un total de CUATRO, a lo largo de cuatro semanas y responder a las preguntas que se propongan. En este MARATÓN podrá participar todo el alumnado del Centro.



El concurso se regirá según las siguientes:
NORMAS

1. Cada texto incluirá SIETE preguntas relacionadas con él, y se irán publicando en este blog, según el siguiente calendario:
  • PRIMER RELATO: Miércoles, 12 de abril
  • 2º RELATO: Miércoles, 18 de abril
  • 3º RELATO: Miércoles, 25 de abril
  • 4º RELATO: Miércoles, 2 de mayol
2. Los textos  se publicarán TODOS LOS MIÉRCOLES a las cinco de la tarde y las preguntas EL JUEVES SIGUIENTE y habrán de ser contestadas antes del lunes siguiente a las cinco de la tarde.

3. Cada respuesta correcta obtendrá 10 puntos, salvo la séptima a la que se concederán normalmente 20.

4. Además, según el orden de llegada de las respuestas, y siempre que todas sean correctas, se sumarán a la puntuación obtenida (80 puntos) otros diez puntos al primero en responder; nueve, al segundo; 8, al tercero y así sucesivamente hasta el décimo, que conseguirá un punto más. También en esta séptima pregunta se restará un punto por cada error de ortografía.

5. Comenzaremos con la aparición del primer relato. El jueves siguiente se realizan las SIETE preguntas correspondientes.

6. Las respuestas se enviarán a nuestra dirección de correo:

bibliolaestrella@gmail.com

7. En el asunto del correo debéis indicar vuestro NOMBRE COMPLETO y CURSO al que pertenecéis.

8. Solo se admitirá UN CORREO por alumno, de forma que si se envían varios, se atenderá solo al primero de ellos.

9. Los resultados se publicarán en este blog después de terminar el plazo de entrega de las preguntas.

10. Al finalizar el MARATÓN DE LECTURA, se publicará el nombre del ganador en este blog.






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PRIMERA SEMANA


 Don Juan Manuel, El Conde Lucanor

CUENTO II



Lo que sucedió a un hombre bueno con su hijo


Otra vez, hablando el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, le dijo que estaba muy preocupado por algo que quería hacer, pues, si acaso lo hiciera, muchas personas encontrarían motivo para criticárselo; pero, si dejara de hacerlo, creía él mismo que también se lo podrían censurar con razón. Contó a Patronio de qué se trataba y le rogó que le aconsejase en este asunto. 
 -Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, ciertamente sé que encontraréis a muchos que podrían aconsejaros mejor que yo y, como Dios os hizo de buen entendimiento, mi consejo no os hará mucha falta; pero, como me lo habéis pedido, os diré lo que pienso de este asunto. Señor Conde Lucanor -continuó Patronio-, me gustaría mucho que pensarais en la historia de lo que ocurrió a un hombre bueno con su hijo.
El conde le pidió que le contase lo que les había pasado, y así dijo Patronio: 
-Señor, sucedió que un buen hombre tenía un hijo que, aunque de pocos años, era de muy fino entendimiento. Cada vez que el padre quería hacer alguna cosa, el hijo le señalaba todos sus inconvenientes y, como hay pocas cosas que no los tengan, de esta manera le impedía llevar a cabo algunos proyectos que eran buenos para su hacienda. ...
»Este buen hombre y su hijo eran labradores y vivían cerca de una villa. Un día de mercado dijo el padre que irían los dos allí para comprar algunas cosas que necesitaban, y acordaron llevar una bestia para traer la carga. Y camino del mercado, yendo los dos a pie y la bestia sin carga alguna, se encontraron con unos hombres que ya volvían. Cuando, después de los saludos habituales, se separaron unos de otros, los que volvían empezaron a decir entre ellos que no les parecían muy juiciosos ni el padre ni el hijo, pues los dos caminaban a pie mientras la bestia iba sin peso alguno. El buen hombre, al oírlo, preguntó a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos hombres, contestándole el hijo que era verdad, porque, al ir el animal sin carga, no era muy sensato que ellos dos fueran a pie. Entonces el padre mandó a su hijo que subiese en la cabalgadura. 
»Así continuaron su camino hasta que se encontraron con otros hombres, los cuales, cuando se hubieron alejado un poco, empezaron a comentar la equivocación del padre, que, siendo anciano y viejo, iba a pie, mientras el mozo, que podría caminar sin fatigarse, iba a lomos del animal. De nuevo preguntó el buen hombre a su hijo qué pensaba sobre lo que habían dicho, y este le contestó que parecían tener razón. Entonces el padre mandó a su hijo bajar de la bestia y se acomodó él sobre el animal.
»Al poco rato se encontraron con otros que criticaron la dureza del padre, pues él, que estaba acostumbrado a los más duros trabajos, iba cabalgando, mientras que el joven, que aún no estaba acostumbrado a las fatigas, iba a pie. Entonces preguntó aquel buen hombre a su hijo qué le parecía lo que decían estos otros, replicándole el hijo que, en su opinión, decían la verdad. Inmediatamente el padre mandó a su hijo subir con él en la cabalgadura para que ninguno caminase a pie. 
 
»Y yendo así los dos, se encontraron con otros hombres, que comenzaron a decir que la bestia que montaban era tan flaca y tan débil que apenas podía soportar su peso, y que estaba muy mal que los dos fueran montados en ella. El buen hombre preguntó otra vez a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos, contestándole el joven que, a su juicio, decían la verdad. Entonces el padre se dirigió al hijo con estas palabras:
»-Hijo mío, como recordarás, cuando salimos de nuestra casa, íbamos los dos a pie y la bestia sin carga, y tú decías que te parecía bien hacer así el camino. Pero después nos encontramos con unos hombres que nos dijeron que aquello no tenía sentido, y te mandé subir al animal, mientras que yo iba a pie. Y tú dijiste que eso sí estaba bien. 

Después encontramos otro grupo de personas, que dijeron que esto último no estaba bien, y por ello te mandé bajar y yo subí, y tú también pensaste que esto era lo mejor. Como nos encontramos con otros que dijeron que aquello estaba mal, yo te mandé subir conmigo en la bestia, y a ti te pareció que era mejor ir los dos montados. Pero ahora estos últimos dicen que no está bien que los dos vayamos montados en esta única bestia, y a ti también te parece verdad lo que dicen. Y como todo ha sucedido así, quiero que me digas cómo podemos hacerlo para no ser criticados de las gentes: pues íbamos los dos a pie, y nos criticaron; luego también nos criticaron, cuando tú ibas a caballo y yo a pie; volvieron a censurarnos por ir yo a caballo y tú a pie, y ahora que vamos los dos montados también nos lo critican. He hecho todo esto para enseñarte cómo llevar en adelante tus asuntos, pues alguna de aquellas monturas teníamos que hacer y, habiendo hecho todas, siempre nos han criticado. Por eso debes estar seguro de que nunca harás algo que todos aprueben, pues si haces alguna cosa buena, los malos y quienes no saquen provecho de ella te criticarán; por el contrario, si es mala, los buenos, que aman el bien, no podrán aprobar ni dar por buena esa mala acción. Por eso, si quieres hacer lo mejor y más conveniente, haz lo que creas que más te beneficia y no dejes de hacerlo por temor al qué dirán, a menos que sea algo malo, pues es cierto que la mayoría de las veces la gente habla de las cosas a su antojo, sin pararse a pensar en lo más conveniente.
»Y a vos, Conde Lucanor, pues me pedís consejo para eso que deseáis hacer, temiendo que os critiquen por ello y que igualmente os critiquen si no lo hacéis, yo os recomiendo que, antes de comenzarlo, miréis el daño o provecho que os puede causar, que no os confiéis sólo a vuestro juicio y que no os dejéis engañar por la fuerza de vuestro deseo, sino que os dejéis aconsejar por quienes sean inteligentes, leales y capaces de guardar un secreto. Pero, si no encontráis tal consejero, no debéis precipitaros nunca en lo que hayáis de hacer y dejad que pasen al menos un día y una noche, si son cosas que pueden posponerse. Si seguís estas recomendaciones en todos vuestros asuntos y después los encontráis útiles y provechosos para vos, os aconsejo que nunca dejéis de hacerlos por miedo a las críticas de la gente. 
El consejo de Patronio le pareció bueno al conde, que obró según él y le fue muy provechoso.
Y, cuando don Juan escuchó esta historia, la mandó poner en este libro e hizo estos versos que dicen así y que encierran toda la moraleja: 


 
Por críticas de gentes, mientras que no hagáis mal,
buscad vuestro provecho y no os dejéis llevar. 





 
FIN





PREGUNTAS



1. LA HISTORIA



A. ¿En qué siglo se escribió El Conde Lucanor

B. ¿Qué reyes se enfrentan en la llamada Primera Guerra Civil Castellana, que tuvo lugar en esa época?





2. LA FAMILIA

a. ¿Quién fue el padre de Don Juan Manuel? 
b. ¿y su abuelo? 
c. ¿qué parentesco tenía este escritor con Alfonso X?



3. OFICIOS TRADICIONALES

     Hablando de burros y otros equinos: hay una serie de oficios relacionados con el mundo del caballo y la piel de los animales. Relaciona cada nombre con su dibujo.



A.Guarnicionería
B. Talabartería
C. Peletería
D.Marroquinería


4. Las matemáticas: “El burro y el jamelgo"

     Un caballo y un mulo caminaban juntos llevando sobre sus lomos pesados sacos. Se lamentaba el jamelgo de su pesada carga, a lo que el mulo le dijo: ¿De qué te quejas? si yo llevo cinco sacos, que son 100 kg y tú llevas tres sacos menos que yo. 
Averigua la carga que soporta el jamelgo.




5. MORFOLOGÍA EQUINA

      Señala las siguientes partes de un caballo y relaciónalas con el número en el dibujo que se acompaña

A. Cerviz

B. Babilla

C. Tupé 

D. Corvejón

E. Maslo


6. MORFOLOGÍA ESPAÑOLA


     Busca en el texto 5 formas verbales en Pretérito Perfecto Simple y 5 en Pretérito Imperfecto de Indicativo

 


7. EL FINAL


     Resume el texto con tus palabras (elabora entre 5 y 8 líneas y ten en cuenta que no puedes cometer faltas de ortografía porque restarán puntuación)


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SEGUNDA SEMANA

EL MIEDO.

RAMÓN Mª DEL VALLE INCLÁN.




Ese largo y angustioso escalofrío que parece mensajero de la muerte, el verdadero escalofrío del miedo, sólo lo he sentido una vez. Fue hace muchos años, en aquel hermoso tiempo de los mayorazgos, cuando se hacía información de nobleza para ser militar. Yo acababa de obtener los cordones de Caballero Cadete. Hubiera preferido entrar en la Guardia de la Real Persona; pero mi madre se oponía, y siguiendo la tradición familiar, fui granadero en el Regimiento del Rey.


 No recuerdo con certeza los años que hace, pero entonces apenas me apuntaba el bozo y hoy ando cerca de ser un viejo caduco. Antes de entrar en el Regimiento mi madre quiso echarme su bendición. La pobre señora vivía retirada en el fondo de una aldea, donde estaba nuestro pazo solariego, y allá fui sumiso y obediente. La misma tarde que llegué mandó en busca del Prior de Brandeso para que viniese a confesarme en la capilla del Pazo. Mis hermanas María Isabel y María Fernanda, que eran unas niñas, bajaron a coger rosas al jardín, y mi madre llenó con ellas los floreros del altar. Después me llamó en voz baja para darme su devocionario y decirme que hiciese examen de conciencia: 
-Vete a la tribuna, hijo mío. Allí estarás mejor...


La tribuna señorial estaba al lado del Evangelio y comunicaba con la biblioteca. La capilla era húmeda, tenebrosa, resonante. Sobre el retablo campeaba el escudo concedido por ejecutorias de los Reyes Católicos al señor de Bradomín, Pedro Aguiar de Tor, llamado el Chivo y también el Viejo. Aquel caballero estaba enterrado a la derecha del altar. El sepulcro tenía la estatua orante de un guerrero. La lámpara del presbiterio alumbraba día y noche ante el retablo, labrado como joyel de reyes. Los áureos racimos de la vid evangélica parecían ofrecerse cargados de fruto. El santo tutelar era aquel piadoso Rey Mago que ofreció mirra al Niño Dios. Su túnica de seda bordada de oro brillaba con el resplandor devoto de un milagro oriental. La luz de la lámpara, entre las cadenas de plata, tenía tímido aleteo de pájaro prisionero como si se afanase por volar hacia el Santo.

Mi madre quiso que fuesen sus manos las que dejasen aquella tarde a los pies del Rey Mago los floreros cargados de rosas como ofrenda de su alma devota. Después, acompañada de mis hermanas, se arrodilló ante el altar. Yo, desde la tribuna, solamente oía el murmullo de su voz, que guiaba moribunda las avemarías; pero cuando a las niñas les tocaba responder, oía todas las palabras rituales de la oración. La tarde agonizaba y los rezos resonaban en la silenciosa oscuridad de la capilla, hondos, tristes y augustos, como un eco de la Pasión. Yo me adormecía en la tribuna. Las niñas fueron a sentarse en las gradas del altar. Sus vestidos eran albos como el lino de los paños litúrgicos. Ya sólo distinguía una sombra que rezaba bajo la lámpara del presbiterio. Era mi madre, que sostenía entre sus manos un libro abierto y leía con la cabeza inclinada. De tarde en tarde, el viento mecía la cortina de un alto ventanal. Yo entonces veía en el cielo, ya oscura, la faz de la luna, pálida y sobrenatural como una diosa que tiene su altar en los bosques y en los lagos...


Mi madre cerró el libro dando un suspiro, y de nuevo llamó a las niñas. Vi pasar sus sombras blancas a través del presbiterio y columbré que se arrodillaban a los lados de mi madre. La luz de la lámpara temblaba con un débil resplandor sobre las manos que volvían a sostener abierto el libro. En el silencio la voz leía piadosa y lenta. Las niñas escuchaban. y adiviné sus cabelleras sueltas sobre la albura del ropaje y cayendo a los lados del rostro iguales, tristes, nazarenas. Habíame adormecido, y de pronto me sobresaltaron los gritos de mis hermanas. Miré y las vi en medio del presbiterio abrazadas a mi madre. Gritaban despavoridas. Mi madre las asió de la mano y huyeron las tres. Bajé presuroso. Iba a seguirlas y quedé sobrecogido de terror.


En el sepulcro del guerrero se entrechocaban los huesos del esqueleto. Los cabellos se erizaron en mi frente. La capilla había quedado en el mayor silencio, y oíase distintamente el hueco y medroso rodar de la calavera sobre su almohada de piedra. Tuve miedo como no lo he tenido jamás, pero no quise que mi madre y mis hermanas me creyesen cobarde, y permanecí inmóvil en medio del presbiterio, con los ojos fijos en la puerta entreabierta. La luz de la lámpara oscilaba. En lo alto mecíase la cortina de un ventanal, y las nubes pasaban sobre la luna, y las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas.
De pronto, allá lejos, resonó festivo ladrar de perros y música de cascabeles. Una voz grave y eclesiástica llamaba:
-¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán...!
Era el Prior de Brandeso que llegaba para confesarme. Después oí la voz de mi madre trémula y asustada, y percibí distintamente la carrera retozona de los perros. La voz grave y eclesiástica se elevaba lentamente, como un canto gregoriano:
-Ahora veremos qué ha sido ello... Cosa del otro mundo no lo es, seguramente... ¡Aquí, Carabel! ¡Aquí, Capitán...!
Y el Prior de Brandeso, precedido de sus lebreles, apareció en la puerta de la capilla:
-¿Qué sucede, señor Granadero del Rey?
Yo repuse con voz ahogada:
-¡Señor Prior, he oído temblar el esqueleto dentro del sepulcro...!


El Prior atravesó lentamente la capilla. Era un hombre arrogante y erguido. En sus años juveniles también había sido Granadero del Rey. Llegó hasta mí, sin recoger el vuelo de sus hábitos blancos, y afirmándome una mano en el hombro y mirándome la faz descolorida, pronunció gravemente:
-¡Que nunca pueda decir el Prior de Brandeso que ha visto temblar a un Granadero del Rey...!
No levantó la mano de mi hombro, y permanecimos inmóviles, contemplándonos sin hablar. En aquel silencio oímos rodar la calavera del guerrero. La mano del Prior no tembló. A nuestro lado los perros enderezaban las orejas con el cuello espeluznado. De nuevo oímos rodar la calavera sobre su almohada de piedra. El Prior se sacudió:
-¡Señor Granadero del Rey, hay que saber si son trasgos o brujas!

Y se acercó al sepulcro y asió las dos anillas de bronce empotradas en una de las losas, aquella que tenía el epitafio. Me acerqué temblando. El Prior me miró sin despegar los labios. Yo puse mi mano sobre la suya en una anilla y tiré. Lentamente alzamos la piedra. El hueco, negro y frío, quedó ante nosotros. Yo vi que la árida y amarillenta calavera aún se movía. El Prior alargó un brazo dentro del sepulcro para cogerla. La recibí temblando. Yo estaba en medio del presbiterio y la luz de la lámpara caía sobre mis manos. Al fijar los ojos las sacudí con horror. Tenía entre ellas un nido de culebras que se desanillaron silbando, mientras la calavera rodaba por todas las gradas del presbiterio. El Prior me miró con sus ojos de guerrero que fulguraban bajo la capucha como bajo la visera de un casco:
-Señor Granadero del Rey, no hay absolución...¡Yo no absuelvo a los cobardes!
Y con rudo empaque salió sin recoger el vuelo de sus blancos hábitos talares. Las palabras del Prior de Brandeso resonaron mucho tiempo en mis oídos. Resuenan aún. ¡Tal vez por ellas he sabido más tarde sonreír a la muerte como a una mujer!


FIN


PREGUNTAS.
1º. ¿Bajo qué reinado se aprobaron las Leyes de Toro que crearon la institución del Mayorazgo?

2º. Cada Comunidad Autónoma española tiene un hábitat rural característico.
Relaciona la Comunidad Autónoma española con cada una de las seis  Viviendas elegidas. (Por ejemplo: Palloza/Asturias).
 



3º. A.¿Qué parte del cuerpo no tenía Valle-Inclán? ¿por qué?
3º. B. Con su obra Luces de Bohemia, inaugura un nuevo Género Teatral ¿llamado?
4º. ¿A qué corriente literaria pertenecen la mayoría de las obras que escribió  Valle-Inclán?
5º. Nuestro autor era amigo personal de un pintor andaluz, original y difícil de clasificar, aunque algunos de sus cuadros se califican con el mismo término que la corriente literaria a la que pertenecía Valle-Inclán. ¿Qué pintor era? 

Amor Sacro y Amor Profano.

6º. El prior de Brandeso era una especie de monje-guerrero. Desde la Edad Media, en España existieron las Órdenes Militares, cuyos miembros eran a la vez monjes y soldados. Cita las 4 órdenes militares españolas más importantes.

 Estas son órdenes militares internacionales. Debes buscar las 4 españolas.

7º. Describe física y psíquicamente al protagonista del cuento. Debes hacerlo en 5 o 6 líneas. Ten mucho cuidado con las faltas de ortografía, si no quieres perder puntos.

Envía todas las respuestas a esta dirección:


Y muchísima SUERTE.





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TERCERA SEMANA


 
CUENTO LA MOMIA ANALFABETA 
(por Enrique Jardiel Poncela)

     Voy a contar una de las famosas historias en las que el genio de Sherlock Holmes se mostró más esplendoroso. Tan esplendoroso, que en esta ocasión Holmes no tuvo necesidad de moverse de su pisito de Baker Street para dar con la solución del enigma que le presentó míster Horacio Craig, de Ceilán.


PROEMIO

     A las siete en punto de la tarde, cuando los primeros voceadores del "Times" se refugiaban en los bares de Upper Tames Street a jugar al marro, Sherlock Holmes me llamó a su habitación.

     Comparecí rápidamente, suponiendo que sucedía algo grave; y, en efecto, el problema era de alivio: Sherlock se había roto en seis trozos los cordones de sus zapatos.
     Durante varios minutos le ayudé a luchar contra el Destino, pero ambos fracasamos visiblemente, y, de no haber acudido la señora Padmore en nuestro auxilio, brindándonos la brillante idea de pegar el zapato al calcetín, es posible que Sherlock no hubiera figurado nunca en el tomo de la H de la Enciclopedia Espasa, donde, como se sabe, no figura.




     Se retiraba la señora Padmore hacia el pasillo, cuando se abrió de súbito una de las ventanas y un personaje ignoto irrumpió en la estancia, como irrumpen los clavos en la tela de los pantalones el día que estrenamos traje. Era un caballero de unos cincuenta años bisiestos, con aire de perro de trineo.
     Nada más entrar, gritó con voz fuerte y derrumbándose en un sillón:
—¡Soy Craig
!
Y agregó, ya más débilmente:

—¡Soy Craig!Y dijo, por fin, con acento desfallecido
:
—Soy Craig, señor Holmes... Soy Craig. Craig. ¿Sabe usted? Craig...

    A continuación se puso amarillo, luego verde, luego morado, y, desplomándose del todo, se desmayó lo mejor que pudo.
      Holmes me cogió por un brazo, señaló al visitante, y me dijo gravemente:
—Harry... Este señor es Craig.

     Pero la cosa no me extrañó en modo alguno; estaba yo muy habituado a la continua perspicacia de Sherlock.

      El maestro añadió después:

—Acércame el tablero del ajedrez, Harry. Vamos a echar una partidita para esperar sin aburrirnos a que vuelva en sí míster Craig
.
     Obedecí con cierto temblor nervioso, ya que la sangre fría de Sherlock siempre me producía una emoción indescriptible. Jugamos tres partidas, las cuales ganó Holmes, como siempre, pues su extraordinaria habilidad manual le permitía cambiar las fichas de casilla cuando le daba la gana sin que nadie lo advirtiese, y yo me armaba unos líos como para nombrar abogado y pegarme después un tiro, que es lo que hace la gente en esos casos.
     Al final de la partida número tres, Craig se decidió, por fin, a volver del desvanecimiento, y fue entonces cuando Holmes se sepultó en su diván favorito, cerró los ojos y exclamó:

—Hable usted, míster Craig. Espero el relato de los tremendos acontecimientos que le hacen acudir a mi auxilio.

      Y Horacio Craig, con voz de barítono rumano, contó lo siguiente:



—Como usted sabe, señor Holmes, desde los primeros balbuceos infantiles he dedicado mi vida al estudio del arte y de la civilización egipcios. Conozco aquel país mejor que los cocodrilos, y mi entusiasmo de egiptólogo es tan intenso, que me hablan de un faraón nuevo y engordo once kilos. Toda Inglaterra, y casi todo el mundo, conoce al dedillo los viajes que he llevado a cabo por el Bajo Egipto, el Alto Egipto y la provincia de Gerona. He ido desde...

—Suprima los detalles kilométricos y cíñase al asunto —le interrumpió Holmes.

—Dice usted bien; me ceñiré como un "kalasiri" —replicó Craig—. Pues es el caso que en uno de estos viajes, el año de gracia de mil novecientos trece, descubrí al pie de la Esfinge, y según se va a mano derecha, una antiquísima "mastaba", y de ella, cual muela putrefacta, extraje una momia magnífica, aunque indudablemente polvorienta. Era, según mis cálculos, la momia de Ramsés Trece, de la veintiuna dinastía, piso segundo. Con la natural alegría y unas parihuelas, transporté aquí, a Londres, la momia, y desde entonces se halla en la sala sexta del Museo egiptológico que lleva mi nombre.
—El Craig Museum, situado en el treinta y nueve de Wellington Street —dije yo, para que se viera que poseía cierta cultura.


—Eso es —aprobó Craig con un golpe de tos que le obligó a comerse el puro que estaba fumando.Y así que hubo digerido el puro, continuó:

—Nada anormal ha ocurrido en todos esos años, hasta hace dos meses. Pero desde dos meses a esta parte, señor Holmes, están sucediendo tales cosas, relacionadas con la momia, que no he perdido la razón porque la llevo atada con un bramante.
—¿Qué cosas son ésas? —inquirió Sherlock lanzando una bocanada de humo a veintitrés yardas de distancia.

—Sencillamente: que el espíritu de la momia ronda mi casa; se me aparece por las noches, toca la "Danza macabra" en mi piano y hasta se fríe huevos en mi propia cocina. Aun cuando esto es terrible y me obliga a pagar cuentas de gas crecidísimas, no osaría molestar a usted si no fuera porque la momia ha ido más allá.
—¿Y eso? ¿Es que ha empezado a freírse patatas?

—No, señor Holmes, sino que asesina por las tardes a los conserjes del Museo que se hallan de servicio en la sala sexta.

—¿Que los asesina? ¿La momia?
 —Sí, señor. Tiene que ser la momia, porque los conserjes fallecen envenenados con el jugo de una planta: la conocida con el nombre de "pastichuela romagueris egipciae", y esta planta sólo crece en Egipto, pues en cualquier otro lugar se lo prohibirían las autoridades. Es necesario que tan terrible situación concluya. Es preciso que usted me ayude a resolver el misterio que...

Holmes hizo un gesto tajante, y exclamó:

 —Váyase a hacer gimnasia al pasillo con Harry. Necesito meditar. Ya les llamaré cuando haya acabado.Y sin más explicaciones, Sherlock nos dio dos puntapiés, nos echó al pasillo y se sentó a meditar envuelto en humo. Nosotros le observamos por el ojo de la cerradura, que, por feliz casualidad, atravesaba la puerta de parte a parte.
 Pasaron seis horas largas como túneles suizos, hasta que oímos una especie de gruñido de foca; era que Sherlock nos llamaba. Entramos, y el maestro exclamó:


—Todo está ya resuelto. Hoy no necesito moverme de casa para explicar el fenómeno planteado. Vengan ustedes...Y echó a andar pasillo adelante, seguido por Craig y por mí. Holmes se detuvo de pronto delante de una puerta cerrada, que yo mismo ignoraba a dónde conducía, abrió la puerta con un abrelatas, según la vieja costumbre de los ladrones de hoteles, y, encendiendo una lámpara eléctrica, entró y nos hizo entrar.

      Un cuadro verdaderamente cubista se ofreció a nuestros ojos. La estancia aquella era, ni más ni menos, un museo arqueológico. Grandes esqueletos, multitud de cacharros y utensilios históricos e infinidad de momias de todas las épocas llenaban los ámbitos. Los tres esqueletos del almirante Nelson (el esqueleto de Nelson a los once años, a los veinte y a los treinta y dos) constituían por sí solos un tesoro incalculable.

      Holmes se detuvo ante una momia egipcia, y habló así:
—Este problema era, al parecer, tan absurdo como la persecución a tiros de un "jockey" por los muelles del Támesis. Sin embargo, como yo tengo un cerebro maravilloso, unas horas de meditación me han bastado para resolverlo. El misterio está, señor Craig, en que todas las momias, y, por tanto, también la de Ramsés Trece, son analfabetas.
—¿Analfabetas? —dijo Craig.

—Completamente analfabetas. Verán ustedes...Y diciendo y haciendo, puso ante el rostro de la momia que teníamos delante un ejemplar abierto del Red Magazine. Efectivamente, la momia no leyó ni una línea.
—¿Se convencen ustedes? —exclamó Holmes triunfalmente—. Las momias son analfabetas. Ahora bien, señor Craig, ¿de qué color son los uniformes que llevan los conserjes del Museo?

—Negros —repuso Craig.

—¿Y todavía no adivina? ¿No cae usted en que a todo analfabeto "le estorba lo negro"? Por eso la momia de usted, analfabeta perdida, mata a los conserjes y seguirá matándolos inexorablemente si todo continuara allí igual. Pero vista usted a los conserjes del Museo de blanco o de color barquillo, y verá cómo nada volverá a suceder. Ni siquiera se le aparecerá a usted el espíritu de la momia, porque no tendrá necesidad de demostrarle a usted su enojo. Y ahora, permítame que me retire a mi despacho, puesto que mis servicios ya no le son necesarios. Tengo que llenar mi estilográfica y el tiempo apremia.

     Y Sherlock Holmes se alejó por el pasillo, dejándonos a Craig y a mí conmocionados por la sorpresa y por la admiración.

FIN


TERCERA SEMANA



1: INVESTIGA:
 
a. ¿Quién es Sherlock Holmes?

b. ¿Quién es su creador?   


  


c. ¿En qué año nació?
d. ¿En qué país?




2. Busca ahora información, sobre el autor del cuento, Jardiel Poncela:
     a. ¿Qué poeta que vivía en la C/ Churruca nº 15 de Madrid, le animó a seguir escribiendo?
 
     



b. ¿A qué tertulia literaria asistía junto a Ramón Gómez de la Serna?
     c. ¿En qué Teatro estrena su obra Una noche de primavera sin sueño, el 28 de mayo de 1927?




 3. PROBLEMA


Si dice que tiene unos cincuenta años bisiestos, ¿cuántos días, horas y segundos ha vivido? 




4. EGIPTO.

a) Piedra Rosetta.
Piedra Rosetta. British Museum

  
  
Jeroglíficos


















Gracias a esta piedra, con inscripciones en tres lenguas, pudieron descifrarse los jeroglíficos egipcios.  ¿Quién lo consiguió?

b) Esfinge de Gizeh.

Esfinge de Gizeh.


¿A qué personaje histórico se atribuye la frase, realizada encima de la esfinge de Gizeh, "40 siglos de historia nos contemplan"?

5. JUEGOS POPULARES
      Relaciona los siguientes juegos tradicionales con los dibujos del recuadro siguiente:

  1. El corro de la patata
  2. La Gallinita ciega
  3. Las chapas
  4. El marro




       6. Busca los numerales que aparecen en el texto y clasifícalos en determinantes (acompañadas de su nombre) y pronombres.




7. EL FINAL

     En 8 ó 10 líneas imagina un final distinto para este texto.



Envía tus respuestas a 

bibliolaestrella@gmail.com 


 





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CUARTA SEMANA

Continuidad de los parques



     Había empezado a leer la novela unos días antes.La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. 
 

      Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. 

     Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. 
Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. 

Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.   El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
     Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. 

  
     Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

de Final de juego, Julio Cortázar 1956





PREGUNTAS DE LA CUARTA SEMANA

1) El cuento que habéis leído es la historia de un lector que se convierte en protagonista forzado de su propia novela. 
A ¿Conoces el nombre de un lector de novelas de caballerías que se cree un personaje de ficción?


B ¿Qué relación tiene este lector con el día 23 de abril de cualquier año?.




2)El tema del cuento permite la aparición de palabras relacionadas (campo semántico) con el acto de escribir o leer una obra literaria y con la naturaleza. Haz una lista de vocabulario relacionado con la lectura-escritura y otra con los elementos de la naturaleza. Cita al menos cinco términos de cada grupo.
                                               
Campo semántico de la lectura


Campo semántico de la naturaleza


























3)


     Julio Cortázar era un autor argentino. Como sabéis la lengua española abarca más allá de los límites de la Península Ibérica:
A. Nombra cinco países en los que el español es lengua oficial.

B. Argentina es la nación hispano-hablante más grande del mundo. ¿Cuál es la ciudad más grande donde se habla español por número de hablante?. (Una pista: no es una ciudad española).

C. ¿Cómo se llama el organismo que se ocupa de la difusión del español en el mundo? (Una pista: se relaciona con la respuesta de la pregunta 1).

4) El texto se titula Continuidad de los parques. Asocia cada parque natural con la provincia a la que pertenece








5)Los elementos de la naturaleza son importantes en el texto. Clasifica los tipos de hoja de la siguente lámina, según su forma.
6)La acción “restallaba ella la sangre con sus besos” es un acto casi vampírico. Este tema es muy popular en el cine y la literatura juvenil actual. Cita al menos tres títulos de películas de tema vampírico basadas en libros.



7) Este cuento tiene un final abierto. Imagina lo que pudo suceder y continúa la historia. (8 líneas mínimo).







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